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Transformación: tiempo y conciencia
Llegar al Consuelo fue una ruptura. Ese era el plan: dejar atrás los compromisos, las rutinas que me apretaban el cuello, y entrar en algo más caótico, más libre. Como Pierre Loti en Tahití, descubrí que el tiempo podía ir a otro ritmo, y con él mi cabeza. Esa ruptura que siempre busco casi de forma destructiva, como un surrealista empeñado en forzar el acceso a “lo otro”, apareció delante de mí, pero envuelta en calma, con una cara amistosa. Yo, convencido de que la vida debe vivirse con aspereza y conflicto, me encontré con un escenario amable. Bastó una semana de soledad para entender que otra vez estaba equivocado.
Lo primero que hice fue lo de siempre: romper con las normas del descanso, trabajar hasta la extenuación. En Barcelona me funciona como acto de rebeldía, la noche como trinchera contra un mundo al que no termino de pertenecer. Pero aquí no tenía sentido. El cansancio se acumulaba y no servía para nada. Esa rebeldía secreta quedó expuesta como una rabieta adolescente, ridícula en un lugar que no la necesitaba. Y entonces la pelea contra el tiempo dejó de tener sentido. Quizás incluso la muerte dejó de importar tanto.
La rutina es otra cosa. No un enemigo, sino una estructura que permite ver los contrastes. Dentro de ese vaivén, tristeza y felicidad se alternan como corriente eléctrica, cada una a su ritmo. En el Consuelo viví las dos: la felicidad de ver cómo nacen cosas con mis propias manos y la tristeza de comprobar que sigo equivocándome. El tiempo corría sin que lo notara en la cara. Corría más rápido, y con él la frustración de no alcanzar todo lo que había imaginado. Esa frustración no se va nunca; y si se fuera, quizás también se iría el motor.
El Consuelo es un lugar donde el tiempo se dobla y se ralentiza.
Conexión: pertenencia y alteridad
México se ha vuelto en estos últimos años mi raíz adoptada. No nací aquí, pero la siento cerca, como si me ofreciera esa conexión con la tierra que siempre estuve buscando a través de objetos en África. La diferencia es que México lo hace de una manera más amplia: no es solo escultura o pintura, que son lo que me mueve, sino la gente, la música, la arquitectura. Todo junto, sin jerarquías. Y esa arquitectura, que debería ser artificio, acaba siendo expresión social, casi cuerpo colectivo.
Hay algo milenario, original, profundo, con una teatralidad que no repele sino que invita. Eso me conecta. En mi búsqueda de lo original, de lo que viene del origen, México aparece como un camino posible, y me arrastra incluso a sentirme patriótico. Puedo mirarlo de frente, como en África cuando los dioses bajan a la vida corriente y se les puede hablar de tú a tú.
Parte de esta conexión pasa por la calidez. Una calidez sin barreras, expresión del amor humano, pero que arrastra también su crudeza: lo que da la familiaridad, lo que no se puede esconder. Una tierra sin artificios y, al mismo tiempo, con tanto artificio que no me sé explicar. Y ahí está la gracia, como dijo Breton cuando afirmó que México era el país más surrealista.
En el Consuelo todo esto se vuelve palpable. Me sorprende cómo para unos es lugar de fiesta y para otros retiro. El mismo espacio, la misma arquitectura, y sin embargo dos vivencias opuestas. Esa capacidad de ser social y ermitaño al mismo tiempo lo convierte en una especie de cuerpo humano: puede sentir nostalgia o entusiasmo según quien lo habite. Cada observador imprime su lectura, y todas encajan.
La estancia me enseñó que pertenecer no significa haber nacido en un lugar, sino comprometerse con él y aceptar sus múltiples interpretaciones.
El Consuelo es, en cierto modo, todo mi México. O al menos el México del que quiero seguir enamorado, el que todavía me sorprende con su belleza. Por eso busco meterme en él, no solo mirarlo de fuera. Trabajar su tierra para sacar de ahí a nuestros hijos, mi escultura hecha con su barro, comer lo que me ofrece directamente: aguacates, maíz, uvas, cualquier fruta que crece sin pedir permiso. Esa unión absoluta que pasa por el cuerpo.
La casa misma respira esa historia de amor. En cada rincón aparecen artefactos antiguos, objetos cargados de memoria, plantas que parecen haber estado siempre aquí. La música se mezcla con la arquitectura y con la tierra de los caminos. Todo habla de México y de su historia, como si la finca fuera un resumen vivo de lo que más me importa de este país.
Curiosidad: conocimiento y apertura
No tengo dudas de que la curiosidad es el motor vital. Quien no la tiene, para mí está muerto. Claro que la curiosidad no siempre viene con la misma intensidad: a veces se fija en un punto, otras se abre de golpe. Yo busco la vida, aunque a veces sea a través de la muerte, y encontrar curiosidad es siempre encontrar vida.
El Consuelo está plagado de curiosidad. Pese a su tamaño y variedad, nada parece casual. Cada detalle exhala historia, aunque sea la del propio objeto. Me sigue sorprendiendo que todo tenga un motivo, una memoria, y que todo venga de una sola persona. Y no es un motivo académico ni disciplinario: es puro amor, amor también a México. Por eso la finca se asocia con el cuerpo de México.
No puedo hacer una lista de las buenas conversaciones que he tenido allí, de las banales es más fácil, pero me siguen chispeando en el cerebro cuando menos lo espero. En El Consuelo uno está rodeado de gestos nacidos de la vitalidad, ingenuos en apariencia pero profundamente humanos. Esa sensación de aprendizaje constante, sin competencia ni exigencia, se acaba quedando en el alma.
A veces me pregunto qué pasaría si, en lugar de semanas, fueran meses. ¿Explotaría de frustración? ¿Conocería de golpe mis límites? ¿Me atrincheraría en mí mismo? No lo sé.
Lo cierto es que en El Consuelo la curiosidad no es un impulso personal: es el aire que se respira.
Lo social: intersubjetividad y sentido compartido
Yo buscaba soledad. No sé si porque me convencí de que el mundo no era el mío o porque, al entenderlo mejor, empezaba a perder sentido. A veces pienso que todo se cruza en el camino para llevarte al máximo potencial, como si se tratara de romper la senda del hombre noble. Otras veces creo que no es más que una excusa: justificar la procrastinación, inventarme la idea de una vida que nunca fue.
Volví a equivocarme. Hace muchos años leí en un fanzine la historia de dos ratones que hacían música. Creían que la única manera de hacer algo realmente original era o bien conocer absolutamente todo lo que se había hecho antes, imposible, o no conocer nada. Esa idea me sigue pareciendo acertada. Sin llegar a ese extremo, entendí en el Consuelo que la interacción humana es necesaria. No solo por recibir un input exterior, sino porque los demás activan en mí zonas ligadas a la comunicación, que al final es el verdadero interfaz con el mundo.
Me equivoqué al pensar que el aislamiento sería más productivo. Lo que fue, fue aburrido. Tal vez, si me hubiera atrincherado en la finca, habría llegado más lejos en solitario. Pero no deja de ser una ilusión, un espejismo.
El espacio nunca pertenece a una sola lectura. Siempre se comparte, siempre se reinterpreta. El Consuelo es un escenario de encuentros, no solo con uno mismo, y cada presencia reescribe el sentido de lo vivido.
Conclusión
La experiencia en El Consuelo se abre como un ensayo de vida: un tiempo que transforma, un lugar que conecta, una curiosidad que impulsa y una sociabilidad que sostiene. Forma un eje filosófico sobre cómo habitamos el mundo: en tensión, en contradicción, en apertura.
Y sin embargo, lo que más me queda es la sensación de espejo. En El Consuelo creo estar dialogando con la finca, pero en realidad me descubro dialogando conmigo mismo y, al mismo tiempo, con otra persona. La finca no es neutra: es testimonio de una sensibilidad que no siempre está presente, pero que se deja sentir en cada objeto, cada planta, cada muro. Esa ausencia presente me interpela.
Ahí pienso en mi propia obra. ¿Podrá sostener también ese tipo de conversaciones mudas? ¿Quedará como un testimonio abierto, capaz de hablarle a alguien que yo nunca conoceré? Eso es lo que me pasa en El Consuelo y lo que deseo para mi trabajo: que pueda ofrecer un reflejo, un lugar donde otro se vea y se contradiga.
El Consuelo me recuerda que pertenecer no es solo ocupar un espacio, sino comprometerse con su memoria. Y que toda obra, como toda finca vivida, empieza en quien la crea, pero siempre se completa en la mirada de otro.